miércoles, 2 de abril de 2008

ORIGENES

¡Y seguimos con los relatos de fantasía absurda! Este en concreto también está inspirado en una película, como el anterior, aunque parodia buena parte del argumento. Y es que se trata de una precuela que narra el origen de Coñan el Bárbaro. Solo aparecen tres de los nueve personajes habituales, pero es el primer relato que empezó a parecer menos horroroso que los otros. Por cierto ¡un gallifante virtual al que se atreva a dibujar al estandarte y el tío que lo porta! xD

Disfrútenlo. O no.





“Lo que no mata, engorda”
Friedrich Nietzsche.


El Viajero ató su caballo a la entrada de la posada. Entró en ésta y se sentó en una mesa que estaba libre. El ambiente estaba cargado, y todos los clientes reían atronadoramente.

- ¡Una cerveza, por favor! - pidió el Viajero. Cuando le fue servida, el Viajero la bebió con avidez, pues muchas jornadas de viaje habían agotado sus fuerzas y secado su garganta. Casi inmediatamente, notó un dolor punzante en el estómago. La boca le ardía. Dejó caer la jarra en la mesa, y vio cómo de su interior surgía una sustancia que no debería estar allí. Le habían envenenado.

- ¡Socorrooo! - gritó el Viajero mientras se levantaba aterrorizado. Se acercó a un parroquiano y le pidió ayuda, pero éste se limitó a romperle la mandíbula de un puñetazo. El impacto le envió violentamente hacia una mesa cercana. Aterrizó en ella de espaldas, y nada más hacerlo, los individuos que la ocupaban le cortaron las orejas con sus cuchillos. Manchado por su propia sangre, el Viajero se acercó tambaleante a la puerta, pero antes de llegar, un tipo de aspecto rubicundo le degolló de oreja a oreja. Conteniendo la hemorragia como podía, el Viajero se arrastró hasta su caballo y consiguió subirse a él. Mientras se marchaba del pueblo, unos individuos le atacaron con sus espadas, produciéndole severos cortes en los muslos. También le arrojaron puñales, y consiguieron alcanzarle tres de ellos, que le produjeron otras tantas hemorragias internas. Malherido, el Viajero decidió que nunca más volvería por allí, y partió en busca de otros pueblos donde la gente fuera más hospitalaria.

¡Ja! Eso es lo que les pasa a los extranjeros en la tierra de los bárbaros. Allí nació mi amo. Y seré yo quien cuente ahora su historia. Una historia de suma aventura.


ORÍGENES
(EDICIÓN ESPECIAL)


Coñan nació en un día nublado, motivo por el cual le llamaron bárbaro. Según crecía, se iba haciendo mayor. Su padre y su pueblo le adiestraron en el arte de la lucha, pero mi Señor estaba destinado a abandonar a su gente a temprana edad, siendo aún un niño.

- Los dioses habitan en el cielo, Coñan, pero Dios es Cromf, que vive en la tierra. Por eso es un dios, porque no necesita vivir en el cielo para estar en la tierra - le dijo a mi Señor su señor padre.

- Los gigantes también vivían en la tierra - continuó, - pero no eran dioses, pues aunque Cromf viva en la tierra es un dios, pues para él su Montaña es como el cielo, aunque este bajo él.
En el caos de los tiempos, los gigantes le arrebataron a Cromf el enigma del acero. Cromf se irritó, ¡y la tierra tembló! Pero la Montaña de Cromf no se cayó, aunque debiera haberlo hecho, pues estaba en la tierra y no en el cielo, donde están los demás dioses que viven como en la tierra, menos Cromf, que vive en la tierra pero está como en el cielo. El caso es que la ira de Cromf derribó a aquellos gigantes, y dejó olvidado en el campo de batalla el enigma del acero. Nosotros lo encontramos. Y no somos dioses. Ni gigantes. Sólo hombres. Por eso tenemos los pies bien puestos en la tierra. Los pies y la cabeza, pues los gigantes tenían la cabeza en el cielo y los pies en la tierra. Cromf no, Él tenía la cabeza en el suelo y los pies en la tierra, porque su Montaña no está en el cielo, sino debajo de él, aunque esté por encima por ser más que lo que está debajo, ¿comprendes, Coñan?

- Sí - respondió mi señor, que era capaz de hacer lo que fuera para que aquello se acabara de una vez.

- Por eso tropiezan los que miran hacia el cielo. Pretenden ser dioses y no son ni gigantes. Sólo son hombres - mi señor asintió sin saber por qué.

- ¿Sabes cual es el enigma del acero, Coñan? No puedes confiar en nadie de este mundo. Ni hombre, ni mujer, ni animal... ¡en nada! - señaló a la espada que sujetaba a su lado. - En esto sí puedes confiar, Coñan.

- ¿En tu mano peluda? - preguntó mi señor, en aquel entonces muy joven e inexperto. Detalle, no obstante, que no le impidió a su padre darle la paliza de su vida por hacer preguntas estúpidas. La madre de Coñan, por su parte, además de guerrera era sacerdotisa, por lo que se pasaba la vida mirando hacia el cielo para entrar en comunión con su Dios (que, sin embargo, estaba en la tierra).

Dije antes que mi Señor abandonó su pueblo siendo niño. Eso ocurrió una fría noche de verano. Coñan intentaba pescar algo con el anzuelo depositado en la superficie helada del río, sin conseguir más que se le constiparan todos los gusanillos que empleaba. Entonces atacaron. Los gusanos no, sino un ejército temible. Nadie sabía quienes eran ni qué querían, pero no dejaban títere con cabeza. Siempre les precedía un enorme estandarte, con dos serpientes enfrentadas, entre un sol negro y una luna negra, con montañas a los lados, en las que se veían dos ejércitos de tiroleses arrojándose piedras. También podían verse montones de pájaros que, alcanzados por las piedras que lanzaban los tiroleses, caían a un valle en mitad de una selva, en el que se los comían crudos unos ancianos barbudos y vestidos de verde. Sin que los abueletes se dieran cuenta, varias docenas de lobos rojos les acechaban. Pero unos hombres cabalgando unos escorpiones con piernas de mujer corrían a salvarles, mientras unos paracaidistas se lanzaban desde lo alto de las cabezas de las serpientes para interceptarles. Todo ello contemplado por unos jabalíes ociosos desde unas gradas dispuestas a tal efecto. El tío que llevaba el estandarte parecía herniao por el peso, y de hecho lo estaba. Y cuentan que al final el pobre hombre fue incapaz de sostener el estandarte, quedando herniao y torcido de por vida. En pago a sus servicios, y como compensación por su lesión, le echaron a patadas y cogieron a otro por la mitad de sueldo. Pero al final tuvo suerte y, aprovechando su defecto, un político le contrató para que acariciara niños en sus campañas. Pero esa es otra historia y ahora no viene a cuento. Volviendo a lo que nos interesa, aquellos salvajes saquearon y mataron, y se llevaron a los niños para que les sirvieran como esclavos. Mi Señor estaba entre ellos. A los niños los usaban para mover enormes molinos, quién sabe con qué finalidad. Pero mi señor tuvo mala suerte, y a él y a los de su pueblo les encadenaron a un molino de viento que tenían que mover a base de soplidos.

Así pasaron los años. Los demás esclavos murieron de un síncope y mi Señor tuvo que mover el molino él solo, por lo que al llegar a la edad adulta desarrolló una capacidad pulmonar que daba miedo. Por aquel entonces, un mandamás decidió entrenarle como gladiador para apuestas y esas cosas. Para que aprendiera, no se le ocurrió nada mejor que encerrarle en una jaula con el guerrero más salvaje que pudo encontrar: un individuo de aspecto iracundo, que en su fiereza había perdido la capacidad de hablar y lo único que hacía era rugir. Ese guerrero, por cierto, era el Viajero, que a fuerza de meterse en posadas bárbaras se convirtió en un individuo despiadado y cruel. La pelea pronto derivó en un duelo a bocaos y Coñan consiguió vencer. El mandamás, visto eso, decidió entrenarle de verdad y le asignó un maestro oriental que, por supuesto, sabía Kung Fu y además les pegaba patadas a los que sonreían. Con el paso del tiempo, Coñan se convirtió en un gran guerrero, y sus victorias nadie se preocupó de contarlas.

- Temo que mis hijos no lleguen a comprenderme. ¡Dime! ¿Qué es lo mejor de la vida? - preguntó el anciano.

- ¡La extensa estepa, un caballo feliz, balcones en tu puño y el viento en tu mirada! - contestó uno de los hijos. Pausadamente, porque lo estaba leyendo. Luego levantó la cabeza y sonrió como un imbécil.

- ¡Mal! Dime, Coñan, ¿qué es lo mejor de la vida? - preguntó el anciano.

- ¡Aplastar enemigos! ¡Verles destrozados, y oír el lamento de sus mujeres! - mientras el anciano felicitaba a Coñan, unos domingueros se apearon de su Porsche y les mantearon a todos durante 43 horas. Mi Señor fue el primero en despertarse y huyó.

Llegó hasta un bosque, en el bosque había una casa, y hacia allí se dirigió. Una hermosa mujer (todas las mujeres de los cuentos son hermosas) salió a recibirle.

- Saludos, bárbaro. ¿Quieres calentarte en mi fuego? - preguntó la mujer.

- Pero si estamos en verano, mamona - respondió Coñan. Oyó unos gritos, pero no sabía de qué podían ser, así que no les hizo mucho caso. Decidió entrar en la casa, con la firme intención de decirle a la mujer que apagara el fuego, que no hacía falta. Ella, en cambio, se lió a echar polvillos de colorines a la chimenea. El fuego estalló en múltiples oleadas de nubes multicolor durante un instante.

- Si quieres apagar el fuego con arena deberías echar más - dijo Coñan, ignorando que su anfitriona era una bruja. Ésta se acercó a él lo más eróticamente posible.

- Buscas algo, bárbaro, y yo puedo ayudarte.

- ¡Si! Busco un estandarte, un símbolo.

- ¿Y cómo es ese símbolo, bárbaro? - dijo la bruja arrojando más polvillos al fuego.

- Si arrojases todo el saco apagarías el fuego.

- ¡Deja ya en paz el jodido fuego y contesta!

- Pues... eran dos serpientes, unidas, enfrentándose. Pero parecían una, pues tenían la cabeza en el suelo, y había dos montañas de tiroleses con piernas de mujer, que se elevaban sobre un valle que estaba en el cielo, aunque parecía la tierra, porque un montón de viejos verdes se devoraban entre sí a pedradas.

- ¿Pero de qué coño estás hablando? Eso no es un símbolo ni es nada - dijo la bruja arrojando más polvos al fuego. Al ver eso, Coñan acabó por hartarse, cogió el saco y lo vació en la chimenea, ante la mirada horrorizada de la bruja.

- ¡Joder, ya está bien! Mira cómo ya se ha apagado el... - no pudo terminar la frase, pues no tardó en verse propulsado por los cielos merced a una espeluznante explosión provocada por la insensata cantidad de magia arrojada sobre el fuego. Y él fue el más afortunado, porque de la bruja nunca más se supo, unas trescientas hectáreas de bosque fueron arrasadas y unos señores que pasaban por ahí se convirtieron en un híbrido entre una chincheta y ellos mismos. Y cuentan que esos señores fueron repudiados por las personas normales, que les llamaba monstruos, y tuvieron que huir a lejanas tierras, donde llegarían a ser adorados por una raza primitiva de carpinteros. Pero esa es otra historia y no creo que les interese.

Al aterrizar, Coñan notó que el suelo era más mullido de lo que hubiera esperado. Esto se debía a que había aterrizado sobre alguien que estaba encadenado a una pared.

- ¡Dame comida, para que tenga fuerzas para enfrentarme a los lobos! - dijo el individuo.

- ¿Por qué estás encadenado a la pared? - preguntó Coñan.

- Para que no me escape - respondió el prisionero, y Coñan le pateó por imbécil.

- Aigsfl, está bien, urgfs, me ató la maldita bruja, agfs - gimió el prisionero.

- ¿Cuánto hace de eso? - preguntó Coñan.

- Dos semanas.

- ¿Y en todo ese tiempo no te han comido ya los lobos?

- Deberían, pues muchas veces me han visitado ya, pero en vez de morderme, se dedican a patearme entre todos - dijo el reo. Coñan rió, y decidió soltarle. Seis días mas tarde, decidieron presentarse, que todavía no lo habían hecho.

- Yo soy Coñan. Vengo del norte, seguro. ¿Tú quién eres?

- Yo me llamo Dorimedonte Teodosio "el Nano", villanos me maten, y vengo del reino de Alejandro Sedeaquí, mi padre - dijo el Nano, y Coñan le pegó. Tras las presentaciones partieron a Forroflás la magnífica, ciudad de muchos prodigios. Al llegar allí, Coñan se dedicó a pegar puñetazos a los dromedarios, y como aquello no les hacía gracia a los habitantes de aquella ciudad, éstos se dedicaron a patear al Nano. Había nacido una gran amistad. Decidieron dedicarse a robar, que era un oficio seguro y honrado.

- Hoy desvalijaremos esa gran torre. ¿Qué te parece, Nano? - Coñan se volvió y vio que su interlocutor no le contestaba porque le estaban pateando unos rufianes, que no tardó Coñan en espantar. Antes de que el Nano le diera las gracias, Coñan se dedicó a patearle. Arrastrándose como un vil gusano, Dorimedonte Teodosio "el Nano", villanos le maten, consiguió seguir a Coñan hasta la inmensa torre, aunque le mordieron un montón de ratas por el camino. Al llegar a la entrada, vieron una figura entre las sombras.

- ¿Quién eres? - dijo Coñan. Inmediatamente los tres se pusieron en posición de combate. La figura salió a la luz.

- Vosotros no sois héroes - dijo la figura, bajando la guardia.

- Y tú no eres una diosa - dijo Coñan. Y efectivamente no estaba ante una diosa, sino ante un hombre alto, calvo, musculoso y carente de vello corporal, que pareció molestarse mucho ante el comentario. Era Giman, el héroe, y estaba realmente enfadado.

- ¡Malditos capullos! - dijo Giman y se lanzó a la carga, atacando con su famosa espada larga plegable. Coñan se defendió haciendo unas gráciles piruetas con su espada, pero no tuvo que defenderse del extraño, pues Dorimedonte Teodosio "el Nano", villanos le maten, insospechadamente, tuvo la habilidad de colocarse entre las piernas de Giman, el cual comenzó a patearle. Una hora más tarde, el Nano y los brazos de Coñan estaban destrozados, y Giman, más a gusto, empezó a depilarse una oreja.

- ¿Sabes, guerrero? Creo que trabajamos mejor juntos - dijo Coñan.

- Sí, ¿hacia dónde os dirigís? - contestó Giman.

- ¡Aiiiiiiigsfl! - Dijo el Nano.

- Vamos a entrar en esa torre para robar. ¡Vente con nosotros! - dijo Coñan.

- No... aigsfl... que... no... vengaa... - dijo el Nano, y le pegaron. La torre era enorme, muy alta. Pero no impidió que nuestros héroes la escalaran, porque éstos no entendían de medidas. Una vez arriba, buscaron un sitio por el que entrar. Encontraron un enorme pozo que atravesaba la torre.

- ¿Creéis que es muy profundo, chicos? - preguntó el Nano antes de que lo arrojasen por el foso. Tardó unos dos minutos en oírse el golpe en el fondo, tiempo que cronometraron perfectamente nuestros héroes.

- Yo calculo muchos metros, ¿y tú? - dijo Giman.

- Yo veo el infinito - dijo Coñan. Sin preocuparse mucho más, bajaron por el pozo. Habrían tardado mucho en bajar si a Coñan no se le hubiera ocurrido cortar la cuerda por la que se deslizaban para ir más rápido. Una vez abajo, patearon al Nano y se separaron para explorar el lugar. Giman fue solo. Llegó hasta una sala en la que unos monjes estaban siendo manteados por unos domingueros que luego huyeron en un Porsche, de modo que aprovechó para llevarse algunas cosillas.

Entretanto, Coñan y el Nano vagaban por los sótanos del templo, y encontraron una sala en la que había una enorme serpiente y una joya tan grande, que si la llevaseis en vuestras manos durante 6 días, acabaría por aburriros. Coñan decidió llevarse la joya, aprovechando que la serpiente estaba pateando al Nano. Luego cogió un palo del suelo y lo lanzó lejos, diciéndole a la serpiente que lo buscara. La serpiente obedeció y Coñan aprovechó para salvar al Nano. Salió con él de la sala, cerró la puerta y cuando se volvió vio que unos monjes estaban pateando a su amigo.

Giman, por su parte, estaba luchando contra unos monjes que le habían descubierto tratando de llevarse el gong de ceremonias. Como lo usaba de escudo, los mazazos de sus contrincantes estaban creando tal estruendo que ya las paredes de la torre empezaban a crujir. Giman retrocedía lo más rápido que podía, aguantando con gran esfuerzo el equilibrio, ya que las vibraciones le hacían temblar como un flan. El resto de los monjes del templo se volvían locos tratando de determinar la localización exacta del gong, que cada vez sonaba en un sitio distinto.

Mientras tanto, Coñan estaba pateando al Nano en compañía de los monjes. Aquella experiencia les hizo tan amigos que se entristeció mucho cuando les abrió la cabeza de un mandoble.

- ¡Vamos, Nano, tenemos que encontrar a Giman! - dijo Coñan.

- ¡Aaaiiiigsflll! - dijo Dorimedonte Teodosio "el Nano", villanos le maten.

En el momento de irse, Coñan vio colgada en la pared una miniatura del estandarte que recordara de su niñez, así que lo cogió y le hizo al Nano cargar con ello, que para algo debía servir. Siguiendo los ecos del gong, nuestros dos héroes no tardaron en encontrar a su compañero, ya perseguido por toda una legión de monjes.

- ¡Vamos, hay que huir de aquí! - dijo Coñan. Justo en el momento en el que se volvía, llegaron más monjes por la única salida que les quedaba.

- Bien, ahora las cosas se ponen interesantes - dijo Coñan mientras el Nano empezaba a gritar pidiendo clemencia. Los monjes no hicieron mucho caso a sus ruegos. Se abalanzaron sobre ellos y empezaron a patearles. Por suerte para nuestros héroes, en ese momento los monjes fueron absorbidos por un vórtice interdimensional.

- ¡Esta vez nos hemos librado por poco! - dijo Coñan. Tras patear un poco al Nano, huyeron de la torre. Apenas salieron de ella, la torre se derrumbó sobre sus cimientos. En ese momento Giman pensó que para qué quería el gong y lo tiró.

Estaban en una posada, gastando el dinero que habían robado, cuando los guardias del rey Pofinf 6º les pidieron amablemente que fueran ante su real presencia.

- ¿Dónde está el tercero? - preguntó uno de los guardias acerca del Nano.

- Se lo han comido los leones - mintió Giman. Pero en realidad lo que habían hecho los leones era patearle, por lo que unos guardias lo trajeron también, aunque un poco maltrecho.

- ¡Ay, ay, ay, ay, ay, ay! - se quejaba el Nano.

- ¿Se lo han comido los leones? - dijo el guardia, y empezó a reírse. Se rió tanto, que se desmayó por la asfixia, y cuando se despertó no podía dejar de sonreír. Y cuentan que desde entonces todo el que le veía alejaba las inquietudes de su corazón, y le embargaba la felicidad. Complacido con su don, el guardia decidió usar su sonrisa para ganarse la vida haciendo anuncios de detergentes. Pero esa es otra historia y ahora no podemos contarla. Les condujeron ante el rey.

- ¿Rgrew w3 ggrkek55 5 e89ww4 hqv q3 j43 43 r34i 3rfaeee? - preguntó el rey.

- ¡Nooo, piedad! - gritó el Nano, y le pegaron.

- ¡Tceo fd 4nvraspKJ3ND zz. 4´Wqw+ m4sn a1gre 5312! - dijo el rey. Durante tres días y tres noches estuvieron dialogando. Al final, soltaron a nuestros héroes y éstos se marcharon en busca de venganza. Venganza por el pueblo de Coñan.

- ¿Tú a qué dioses rezas, Nano? - preguntó Giman.

- Pues rezo a... ¡ay, ay, ay, ay, ay, ay! - dijo el Nano cuando empezaron a patearle. Mientras se retorcía de dolor en el suelo, Giman le repitió la misma pregunta a Coñan.

- Yo rezo a Cromf. Pero le rezo poco. No me hace ni puto caso. Aunque la verdad es que no se a dónde dirigir mis plegarias, porque Él vive en la tierra y no en el cielo, porque es un dios y no un gigante, ¿sabes? Y cuando yo muera me preguntará el enigma del acero, y yo le tendré que contestar que su mano tiene pelos, porque si no me echará del Balaja, que es como llamamos a la montaña que aún siendo del cielo, está en la tierra. Porque los dioses caminan cabeza abajo para distinguirse de los hombres, que se caen si no miran por dónde pisan. ¿Y tú, a quién rezas? - dijo Coñan, pero Giman no le contestó. De hecho, tardó muchas lunas en recuperar el habla y la razón. Lunas que aprovecharon para viajar hacia la guarida del rey de las serpientes.

Muchos días mas tarde, se encontraron con un nutrido grupo de individuos que llevaban túnicas con florecitas y tocaban la pandereta con las nalgas. Iban desaliñados y con barba, pero parecían muy felices. Decidieron preguntarles a ellos si conocían el paradero del Rey Serpiente.

- Precisamente vamos hacia él, hermano. Tira tu arma y regresa a la tierra - dijeron.

- No puedo regresar a la tierra porque ya estoy en ella, puesto que no soy un dios, sino un hombre que no vive en las montañas. Porque las montañas están en los cielos debido a que los gigantes tenían pelos en los pies .. ¡Hey! - el monólogo de Coñan fue interrumpido por sus compañeros, que se temían lo peor. A pesar de su rapidez, llegaron demasiado tarde, y no pudieron impedir que aquellos hombres quedasen lobotomizados y convertidos en estatuas babeantes, destinadas a servir de adorno a aquel camino hasta el fin de los tiempos. Quizá por su inmovilidad no fueron molestados por unos domingueros que se acercaron en un Porsche y se dedicaron a mantear a our jirous durante 432 horas. Maltrechos, nuestros héroes llegaron hasta la montaña de poder del Rey Serpiente.

- Pues esa montaña está en la tierra, pero bien pudiera... ¡eh! - dijo Coñan, que no pudo continuar ya que sus oyentes huían colina abajo. En vista del éxito, decidió seguirles. Muchos feligreses de Traskachanga, el Rey Serpiente, estaban esperando a que éste hablara. Nuestros héroes decidieron suplantar a algunos feligreses. Cuando localizaron a tres cuyas tallas se adaptaban a las suyas, se lanzaron sobre ellos. Los monjes se defendieron lo mejor que pudieron, pero pronto sucumbieron ante los héroes y éstos se pusieron sus túnicas. Disfrazados de esa guisa se dirigieron hacia la multitud. Los guardias que vigilaban a los feligreses se extrañaron mucho de aquel trío de monjes que llevaban túnicas rajadas y manchadas de sangre aún fresca, pero que sin embargo no tenían herida alguna en su cuerpo. Se acercaron a interrogarles y nuestros héroes, para que no les reconociesen, decidieron degollarles ahí mismo, en medio de la multitud, con la esperanza de que no les viera nadie.

- ¡Aaaaaagh! - gritaba Coñan mientras un guardia le pisaba la mano. Se encontraban en presencia de Traskachanga. Habían sido llevados allí después del numerito que montaron en el valle, degollando gente sin parar. Al Nano le estaban pateando y a Giman le estaban sacando brillo a la calva, para mayor escarnio. Los guardias del Rey Serpiente iban armados con mazas enormes, y salvo uno que era muy fuerte, todos eran incapaces de levantarlas. También había muchas tías buenas, vestidas con túnicas en forma de escorpión. Y alrededor del templo, estaban las terribles serpientes sagradas de Traskachanga, gigantescas, siempre bailando y emitiendo sus ensordecedores cantos tiroleses.

- ¡Iooooleeeeeeeleeeiiiiii, iorleleiorleleiorleleiiiiiiiiii! - cantaban las serpientes. El canto era tan ensordecedor que todos llevaban tapones en los oídos, por lo que tenían que comunicarse por señas. Traskachanga habló, y las serpientes cesaron en su canto.

- ¿Quienes sois, ladrones, que habéis venido a robarme a mi casa? - dijo.

- ¡Tú... tú mataste a mis padres y acabaste con mi pueblo! - dijo Coñan.

- Debió ser cuando era más joven, cuando buscaba... algo.

- El... el enigma del acero.

- ¡No! Lo que yo buscaba era convertirme en el Rey Serpiente para así poder obligar a mis hombres a llevar mi estandarte como símbolo. El capullo del rey anterior no quería el estandarte que yo mismo diseñé porque lo consideraba demasiado discreto - restalló Traskachanga.

- ¿Y mataste a mi pueblo para llevar ese estúpido estandarte? - preguntó Coñan.

- ¡Serás cabrón! ¡No es estúpido, es glorioso! ¡Te mataré por ese insulto!

- Diga que sí, que está muy bien - dijo el Nano, y le pegaron por pelota.

- Antes de matarte, te explicaré cual es el enigma del acero, observa - dijo Traskachanga. Se volvió hacia una de las tías buenas que había en un alto y le dijo a una que se tirara. Ella le dijo que ni hablar. Él le dijo que o se tiraba o iba a ver lo que era bueno. Ella le dijo que subiera si tenía cojones. Él le dijo que sí y se fue para allá. Según subía por las escalerillas las serpientes, al ver que su amo se había callado, se pusieron a cantar justo cuando le tenían enfrente, a la altura de sus cabezas, de tal suerte que Traskachanga se llevó todos los decibelios concentrados de sus cantos a través de sus orejas. Con el cerebro convertido en una souffle de chorizo, Traskachanga vibró hasta el borde de un precipicio, por el que cayó. Tardó 327 horas en llegar al fondo, no porque fuera un barranco muy profundo, sino porque en el fondo le estaban manteando unos domingueros que habían llegado en un Porsche justo en el momento en que caía. Pero eso no lo sabían ni sus lacayos ni nuestros héroes, que lo único que veían era al Rey Serpiente volar arriba y abajo en el vacío. Los sicarios, creyendo que estaban presenciando un milagro, se arrojaron detrás de su rey y se estamparon contra el duro suelo que les esperaba unos 400 metros más abajo.

Nuestros héroes, no teniendo nada que les retuviera allí, decidieron marcharse.

- ¿En qué piensas, Coñan? - preguntó Giman.

- Traskachanga me ha explicado el enigma del acero, y yo no lo he entendido - respondió.

- Si te digo la verdad, yo tampoco. No te preocupes por ello, compañero. Los asuntos de los hechiceros son muy difíciles de comprender - dijo Giman. Y así se marcharon los tres de aquel lugar. Iban todos felices y contentos, excepto uno, que sentía que había tenido frente a sí algo largamente buscado y ahora no sabía por dónde coño pillarlo. Pero esa es otra historia y ahora me tengo que ir a comer, así que la dejaré para otro día.


FIN

7 comentarios:

Ozanu dijo...

Hace tiempo que leí tus relatos. XD
¿Cuántos HP tiene el Nano? ¿Los domingueros son siempre los mismos, o varían en cada aparición?
Bueno, seguiré leyendo otras entradas.

Zanthia Khalá dijo...

XDDDD Es que eres un genio!!!! Estoy deseando saber cuando se le quedo a Giman la espada clavada en la taberna XD

Chache dijo...

Incontables, Ozanu. Nunca se le acaban. Lo cual es una suerte ¿a quién iban a patear si no?

Zanthia, hala *^^* sagerá. Respecto a lo que preguntas de la espada de Giman, sucede en el primer relato. Fue una coña que en principio iba a ser anecdótica y al final se convirtió en una constante xD (Y tan constante, la taberna es demolida y reconstruida varias veces y la espada sigue ahí).

Deka Black dijo...

Eso es una espada fiel a su papel, desde luego. Que jarta de reir, tu :P

Por cierto, de crio Coñan era un tanto... respondon, ¿no?

Fëadraug dijo...

Puedo afirmar sin equivocarme que ese relato es la mejor parodia de la película de Conan que uno puede leer jamás. Hace tiempo que lo leí, pero es que ahora lo he vuelto a leer y me he reído más que antes incluso.

Y la espada de Giman es LEGENDARIA. Tanto que cuando reconstruyen la taberna se toma la molestia de volver a su sitio para que Giman trate de desclavarla una y otra vez.

raulatreides dijo...

Mi favorito de siempre. Por tu culpa hace años que no puedo ver Conan sin reirme.

Chache dijo...

Ya, bueno, a mí me pasa lo mismo... aunque eh, ¡a veces por méritos propios de la peli!